
Salvo cosas con efectos especiales, ya no hay peli que se llame a sí misma "Western" que no lleve de apellido "Crepuscular". Parece que no se puede hacer una película con los códigos de este género sin que sea desde la perspectiva de que ese mundo se acaba, que sus personajes están hartos de todo o que el dinero que deja el ferrocarril está a punto de que asfalten la calle principal y prohiban la venta de pistolas.
Hace unos años fui al desierto de Tabernas, en Almería, dónde hay pueblo-decorado del oeste. En él se rodaron bastentes películas de este género, mayormente italianas. Algunas de las casas sólo son fachadas. En otras, como el saloon, se puede entrar, e incluso pedirse una cerveza. Globalmente es un lugar muy triste. Hace tiempo que nadie lo cuida y las mismas personas que te cobran la entrada cuidan los caballos y hacen un teatrillo de persecución y tiros por el pueblo cada tres horas. Y de fondo, cuando estuvimos, un burro no paraba de rebuznar. Era un oeste triste por lo dejado y lo cerca que estaba de ser desmantelado, al tiempo que porque no tenía pinta de ir a remontar en un futuro próximo (ni lejano, la verdad). Una especie de pieza de arqueología de algo tan joven como el cine. Algo que mantenía cierta ilusión de un entretenimiento que ya no es tal. Ni los western interesan, ni a Almería se va a ver el desierto.
El caso es que en todo aquello había algo atractivo. No era feo, no era hortera, no era cutre. Me es difícil decir qué era. Y no quiero usar
esa palabra.